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Por Claudina Gonzalez

Mucho se habla del turismo sostenible. Planes y programas del sector público, productos y emprendimientos privados, programas y contenidos académicos incluyen, siempre y sin excepción, el concepto de sostenibilidad. Una discusión diferente es llegar a conocer si esta inclusión es algo meramente declamativo o bien se acompaña de buenas prácticas, reales, concretas y verificables. 

Lo cierto es que el desarrollo de un turismo sostenible es un proceso continuo que requiere de buena planificación así como del seguimiento constante de sus incidencias, para introducir las medidas preventivas o correctivas que resulten necesarias. De este modo la experiencia turística debe ser, por igual, satisfactoria para el viajero tanto como educativa, entendiendo a la práctica turística como una oportunidad para que los viajeros conozcan mejor los entornos naturales y culturales, los valoricen debidamente, los protejan y sean capaces de transmitir este mensaje a otros. 

Cada año, la Organización Mundial del Turismo (OMT o UNWTO, por sus siglas en inglés) dependiente del sistema de las Naciones Unidas, enmarca su agenda de trabajo con un lema. Recientemente, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró al 2017 como “Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo”, para señalar y recordar el potencial del turismo y su contribución a la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Ese mismo año, la organización respondió de manera contundente a la pregunta “¿Por qué el turismo importa?”. Y la respuesta incluyó un repaso de la capacidad de la actividad para la generación de empleo, su contribución al Producto Interno Bruto global, al crecimiento económico, el entendimiento entre pueblos, a la conservación cultural, la valorización y conservación del ambiente y al desarrollo en general.

En Argentina el turismo constituye un sector sumamente dinámico de la economía. En  2018, la producción de bienes y servicios de las ramas características del turismo (sean o no demandadas por visitantes) fue de 5,7% del PIB. Los puestos de trabajo en ramas características del turismo fueron 1.269.070, un 6,2% del total de la economía, entre los segmentos de hotelería, restaurantes, agencias de viaje, empresas de transporte con fines turísticos (aerocomercial, trenes turísticos, fluvial, marítimo, automotor), explotación de playas, parques recreativos, reservas, museos, centros de convenciones, predios feriales y otros espacios de recepción de visitantes y otras actividades vinculadas. 

Es una actividad presente y dinámica en todas las regiones y, muy importante, está compuesta en su mayoría por micro, pequeñas y medianas empresas (prácticamente la totalidad del sector: 99,1%).

Suena prometedor, ¿verdad?

Sin embargo, toda esa potencia debe ser correctamente gestionada. Y esa gestión cuidadosa, permanente, respetuosa de los valores naturales y culturales, es un compromiso que deben asumir los gobiernos de distinto nivel, pero también las comunidades anfitrionas, las empresas y prestadores turísticos, las organizaciones de la sociedad civil y, muy importante, los propios viajeros.

Con la sostenibilidad como palabra clave, la naturaleza puede motorizar una economía resiliente a largo plazo. En particular, distintos organismos internacionales como el BID y el Banco Mundial, así como la Organización Mundial del Turismo, reafirman el valor del turismo de naturaleza y su rol en el desarrollo sostenible de los territorios, para la mitigación de la pobreza, como factor de crecimiento económico, como herramienta para la conservación de la biodiversidad y en su contribución al cumplimiento de acuerdos y convenios internacionales claves, como la mencionada “Agenda 2030”.

Argentina, cuenta con una asombrosa dotación de recursos naturales que, con particularidades locales y regionales, se extienden por el territorio, conformando un capital natural de gran riqueza y un atractivo turístico de enorme potencial. 

Un país con una enorme diversidad ambiental, destacado por abarcar en su territorio un gradiente casi completo de ecosistemas que incluyen selvas subtropicales de tierras bajas, selvas de montaña, bosques subtropicales semiáridos, sabanas inundables, desiertos, bosques templados húmedos, praderas, ecosistemas de alta montaña, marinos y polares. En su subsuelo se encuentra el Acuífero Guaraní -uno de los principales reservorios subterráneos de agua dulce-; es el segundo país latinoamericano con mayor cantidad de glaciares y está dentro de los 15 países a nivel mundial con mayor superficie cubierta de hielo, por lo que posee una de las principales reservas estratégicas de agua dulce del mundo. 

En ese sentido, las áreas naturales protegidas son de un enorme atractivo para el turismo. De acuerdo a información del Sistema Federal de Áreas Protegidas (SiFAP), el país cuenta con más de 500 áreas protegidas registradas, de distinta jurisdicción y gestión, que representan el 13,29% del territorio nacional continental, con una superficie total de 36.947.536 hectáreas: parques nacionales, parques interjurisdiccionales marinos, reservas nacionales, reservas naturales y monumentos naturales, parques provinciales, reservas naturales, reservas provinciales, áreas municipales, áreas privadas, refugios de vida silvestre, sitios Ramsar, Reservas de la Biósfera y Patrimonios Mundiales conforman algunos de los principales atractivos turísticos del país. 

Esta diversidad de ambientes, ecosistemas terrestres, de agua dulce, costeros y marinos, con su flora y fauna (vastas colecciones de aves, peces, mamíferos, vegetales, anfibios y reptiles, entre otros), ofrece la posibilidad de pensar estratégicamente en el turismo de naturaleza como el motor de la recuperación, sentando las bases para que el turismo se consolide como parte esencial de la economía nacional, enmarcándose en una agenda más amplia de desarrollo sostenible.

El turismo de naturaleza (incluyendo al turismo activo y el ecoturismo) ya constituía una de las prácticas turísticas de mayor desarrollo y demanda global en el contexto anterior al brote de la COVID-19, con un ritmo de crecimiento tres veces superior al del turismo en general según la OMT.

Por el lado de la demanda, son varios los factores sociales y demográficos a nivel global que explican este proceso de búsqueda de naturaleza y espacios abiertos en los viajes: consumidores bien informados y con mayor conciencia ambiental, por un lado, o la densificación y el crecimiento de las ciudades, con vidas marcadas por el encierro en espacios artificiales y afectadas por situaciones de estrés, por otro. Más de la mitad de la población mundial vive en entornos urbanos. Esto vuelve rutinarios a los espacios urbanos, artificiales y, por contraste, más valiosos a los contactos con la naturaleza en el tiempo de ocio. En Argentina, la población urbana es del 92%. Los escenarios naturales únicos y bien conservados, por contraste con otro tipo de destinos ya saturados, aparecen como deseables y son sumamente motivadores para esta demanda.

Los escenarios naturales y las actividades que allí se desarrollan dan respuesta a los turistas que buscan experiencias transformadoras y memorables en sus viajes. A los factores de atracción anteriores, se suman diversos estudios que señalan los beneficios de un contacto regular con espacios naturales y la realización de actividades en ellos, con impactos positivos en la salud física y mental.

Desde una visión de desarrollo, y dadas las enormes ventajas comparativas en materia de recursos naturales que caracterizan a la Argentina, una práctica verdaderamente sostenible en la naturaleza ofrece al turismo la oportunidad de consolidarse como una actividad económicamente rentable y viable. 

A su vez, el turismo de naturaleza suele generar mayores estadías promedio y mayor gasto de los viajeros en los territorios. El incremento en las variables de estadía y gasto encuentra su explicación, en parte, en la variedad de actividades recreativas de las que los espacios naturales son soporte. A mayor diversidad en el menú de actividades presentadas por un destino, mayor atractivo e interés representará ese territorio y, por tanto, justificará una extensión de la estadía con el consiguiente gasto asociado.

El turismo sostenible de naturaleza es, a su vez, un vehículo de desarrollo social. Muchas de las prácticas asociadas a este producto requieren la contratación de emprendedores y guías locales, estimulando el desarrollo de empresas turísticas (agencias de viajes, transportes, alojamiento, alimentación, artesanías, actividades recreativas y complementarias), habilitando así la diversificación de la matriz productiva y la generación de empleo local de muchas de las economías regionales y de comunidades que, en algunos casos y encontrándose muy postergadas, no cuentan con posibilidades para desarrollar otras actividades productivas.

A su vez, al incluir aspectos pedagógicos y de interpretación de la naturaleza, potencia la sensibilización de locales y viajeros sobre la trascendencia de la conservación de los ambientes naturales, ayudando a minimizar los impactos negativos sobre el entorno.

En síntesis, turismo sostenible (según la OMT) es “el turismo que tiene plenamente en cuenta las repercusiones actuales y futuras, económicas, sociales y medioambientales para satisfacer las necesidades de los visitantes, de la industria, del entorno y de las comunidades anfitrionas.”

Con la excepción de una minoría de áreas naturales protegidas creadas y consagradas exclusivamente a tareas de investigación científica, monitoreo y conservación ambiental, la mayor parte las áreas naturales conciben, junto con la función de conservación, una función social dada por el uso público de esos espacios, teniendo en cuenta el valor turístico recreativo y educativo de los mismos.

En la generación de nuevas áreas protegidas así como en la correcta gestión de las existentes, puede considerarse al turismo como una actividad amigable, lo que requiere dotar a los destinos de infraestructura acorde, que priorice las dimensiones de planificación y conservación en el uso público de estos espacios y que habilite el acceso y permita la visita y disfrute de destinos naturales que se perciben como valiosos pero que aún son emergentes. 

Hay una oportunidad en el desarrollo del turismo de naturaleza. Pero también, y de manera inseparable, hay un deber: el de incluir a la sostenibilidad en la agenda cotidiana de la actividad.

Por Alejandro Briones

Para mejorar la calidad de vida y la economía de las comunidades que viven en las áreas protegidas, sin perjudicar el ecosistema, es de suma importancia la diversificación productiva. Esto se logra incentivando, fortaleciendo y potenciando todas aquellas actividades que allí se desarrollan, adaptándolas a pautas de manejo que garanticen la sostenibilidad ambiental, económica y social.

Para identificar las diferentes actividades que se pueden fortalecer en un territorio, en una primera instancia se debe efectuar un diagnóstico socioambiental que se focalice en el uso de los recursos naturales: la manera en que los obtienen, la historia de ese aprovechamiento, el destino (si lo usan para autoconsumo o para la venta), la organización social, los obstáculos o conflictos, entre otros análisis.

(CeDRUS)

El diagnóstico permite conocer el contexto, los antecedentes de las intervenciones técnicas, así como abordar el trabajo social conjunto que se despliega: en esta instancia es clave la relación que se genera entre los técnicos/as y los pobladores. Esta relación se construye a través de entrevistas individuales y grupales, talleres en donde los pobladores sean los protagonistas (en definitiva, son ellos quienes conservarán o no el territorio) y donde los técnicos o técnicas sólo actúan como facilitadores.

Durante estos encuentros, es posible elaborar en conjunto mapas de relación comunidad-naturaleza, comunidad-mercados, comunidad-modos de vida, entre otras dinámicas grupales. Otra técnica que complementa los talleres o las entrevistas es la observación participante: poder convivir con las comunidades y observar el día a día acompañándolas en sus actividades diarias nos da la posibilidad de percibir otras relaciones entre los pobladores y la naturaleza.

Si tomamos como ejemplo actividades productivas llevadas a cabo por pobladores de diferentes áreas protegidas o potenciales áreas a proteger, encontramos en común algunas de las siguientes prácticas que adoptando un buen manejo son compatibles con la conservación del ambiente:

  • Ganadería: El problema de esta actividad es que generalmente se realiza sin ninguna planificación ni estrategia de venta. Tienen el ganado como capital y lo venden cuando necesitan el dinero y/o para autoconsumo. Como consecuencia de esto, la tierra presenta una alta carga animal, con el consecuente sobrepastoreo y degradación del sistema, en muchos casos, son individuos viejos que no pueden vender porque el mercado no consume. En este aspecto es importante poder trabajar en conjunto para elaborar un plan de manejo, un análisis del mercado y fortalecer la cadena de comercialización.

    Es muy importante, primero, efectuar un estudio sobre la capacidad de carga de ese territorio para definir la cantidad de ganado máximo que puede soportar esa área sin afectar los atributos del ecosistema y a partir de eso evaluar las mejores estrategias. Realizando una buena planificación, un buen sistema de rotación del ganado, entre otras buenas prácticas, se pueden conservar los ecosistemas integrando la ganadería. En este sentido, la principal demanda del mercado son los terneros, esto es favorable, ya que se los vende a los pocos meses del destete evitando que estos individuos pastoreen en el sistema.

(Alejandro Briones)

  • Actividades asociadas a la ganadería: Por otro lado, de la actividad ganadera se desprenden diversas producciones complementarias que se pueden potenciar para una eventual disminución de la carga animal y mejora en la economía familiar. Entre las que encontramos artesanías en cuero (lazos, monturas, instrumentos, entre otros) y producción de quesos. Estas actividades se podrían fortalecer principalmente con capacitaciones en empaquetado y venta, búsqueda de mercados estables, marketing, etc. Además, se pueden complementar con capacitaciones en manipulación de alimentos, búsqueda de certificaciones de sustentabilidad, entre otras posibilidades.
  • Apicultura: A esta actividad la desarrollan muchas comunidades, principalmente para autoconsumo y sin ningún manejo. Básicamente salen a recolectar la miel de las colmenas instaladas en los huecos de algunos árboles. Muchas veces, los apicultores deben cortar el árbol para poder extraerla. En este sentido, se puede mejorar con capacitaciones, instalaciones de cajones, sala de extracción, y otras acciones.También es muy importante la venta y el empaquetado de la miel ya que por lo general se vende en envases (botellas y/o frascos) usados sin su correcta esterilización, lo que implica una disminución del precio y una baja en la calidad del producto. Además, si se implementa un buen manejo se pueden obtener subproductos con mayor precio que la miel, como ser el propóleo, el polen y la cera. Con esta actividad también se mejora la polinización y por ende la producción de frutos que pueda estar asociada al sistema.
  • Turismo: Esta es de las principales actividades sustentables que se asocia a las áreas protegidas y hay mucha información al respecto. En este sentido, conviene incentivar no sólo el ecoturismo o el senderismo, sino también el turismo rural o turismo comunitario, en donde el visitante se relaciona con las comunidades, aprende y se involucra en sus formas de vida. Esto es fundamental para revalorizar la cultura de los pobladores que habitan las áreas protegidas.Otra estrategia es desarrollar el turismo de investigación. Hay muchos investigadores de distintas partes del mundo que se dedican a estudiar determinadas especies que se podrían encontrar dentro del área protegida y podrían dejar un canon o pagar a las comunidades a cambio de alojamiento, comida u otros servicios.

(Alejandro Briones)

  • Frutos del bosque: Existen diversas especies nativas de las cuales los frutos son comestibles. Lamentablemente, por una cuestión de marketing, nos han acostumbrado a las frutas exóticas, dejando de lado nuestros frutos autóctonos. Más allá del consumo directo de los frutos también hay derivados interesantes, como la harina de algarrobo, el arrope de chañar, el dulce de sauco, entre muchas otras. En este aspecto se pueden buscar las formas de abrir nuevos mercados y posicionar estos productos. Además existen muchas especies forrajeras. Por ejemplo, las comunidades del Chaco recolectan los frutos del algarrobo y lo almacenan para alimentar al ganado en épocas críticas. En este sentido, se puede pensar en la restauración con estas especies nativas, ya que el algarrobo fue históricamente cortado para madera y lo sigue siendo. Es una especie clave en diversos ecosistemas y se la asocia mucho con las riveras de las aguadas.
  • Madera: El aprovechamiento de madera para leña, postes para alambrado o cercos, o construcción de casas, es una actividad que si no se efectúa bajo un correcto manejo y control puede facilitar la degradación del área. Para que sea una actividad sustentable, es indispensable realizar un inventario forestal y un mapeo que nos permita conocer la estructura del bosque en su conjunto, de cada especie en particular y la distribución de las mismas. A partir de esto, se puede planificar cuántos individuos se pueden cortar anualmente de cada especie para no afectar los atributos del bosque, establecer los sitios en donde se puede extraer año a año, promover el uso de madera muerta, entre otras prácticas que garanticen la supervivencia del bosque a perpetuidad.

(Alejandro Briones)

  • Plantas medicinales: Casi todos nuestros ecosistemas cuentan con plantas medicinales de las cuales las comunidades hacen, o por lo menos hacían, uso de ellas. Muchas comunidades plantean la necesidad de que no se pierda esa costumbre y de poder registrar en cartillas o algún tipo de material para que se conserve ese conocimiento para las generaciones futuras. Asimismo, algunos pobladores llevan estas plantas a los mercados centrales y las venden en pequeñas bolsitas o puñados. Siguiendo esta línea, una buena acción es agregarle valor a las plantas medicinales empaquetándolas, registrándolas, o haciendo investigaciones sobre los componentes específicos de las plantas relacionando el conocimiento ancestral con el científico para lograr potenciar su uso y por ende su mercado.
  • Artesanías en madera, fibras de plantas autóctonas y cueros: es común entre los habitantes de las áreas protegidas realizar artesanías con diferentes materiales de la zona, éstas en todos los casos se efectúan de una manera artesanal sin perjudicar el ecosistema, por lo que es otra actividad muy factible de potenciar y generar mercado, como una manera de incorporar capital al sistema económico del territorio.

(Alejandro Briones)

  • Agroecología: La mayoría de las familias de las zonas rurales tienen su huerto y/o chacra o la
    han tenido en algún momento y, por diversas razones, la han abandonado. A la mayoría se las ha alejado de sus formas tradicionales de producción, incentivándolos a realizar nuevas prácticas en donde se incorpora el uso de fertilizantes químicos, insecticidas y otros compuestos que perjudican la tierra y generan dependencia de estos productos. Para resolverlo, es importante concientizar sobre la agricultura agroecológica, y poder lograr algún tipo de certificación orgánica, entre otras estrategias.

Las actividades que se pueden potenciar y/o fortalecer en un área específica conservando los servicios ecosistémicos, son diversas, y muchas se relacionan directa o indirectamente entre ellas. El correcto manejo y/o aprovechamiento es clave para garantizar la sustentabilidad del territorio.

Diversificar las producciones y/o servicios permite entre otras cosas, mejorar las economías familiares y la calidad de vida de las mismas, disminuir los riesgos ante cambios en el mercado, adaptarse a las condiciones biofísicas locales, hacer un uso eficiente de los recursos localmente disponibles, evitar la degradación de la tierra en algunos casos con la consecuente desertificación, disminuir el impacto en el ambiente e incluso mejorar el ecosistema. En conclusión, es una estrategia que garantiza la adaptación y la resiliencia de las comunidades ante los cambios climáticos y del mercado y garantiza la sostenibilidad ambiental, social y económica de un territorio.