Por Claudio Bertonatti

Tradicionalmente, se divide el patrimonio en natural y cultural. Se trata de un ejercicio intelectual que busca clasificar bienes, espacios, especies… solo a los fines de simplificar su comprensión, como lo hace la taxonomía con la zoología o la botánica. Pero esa clasificación condiciona nuestra percepción, al punto de observar la naturaleza, por un lado, y la cultura, por otro: estamos ante un problema.

La realidad es que, incluso cuando recorremos el paisaje más urbano, es fácil comprobar que las especies silvestres están presentes, al igual que el suelo, el agua y el aire. Del mismo modo, cuando caminamos por un ecosistema silvestre están presentes los aspectos culturales: a veces, de modo invisible, como los topónimos, los mitos, las leyendas, las canciones, la historia, los nombres populares de los animales, los usos medicinales de las plantas… En otras ocasiones su presencia es obvia si hay senderos, caminos y otras estructuras humanas. 

Sin embargo, la disociación de “lo natural” con “lo cultural” suele reforzarse con la comunicación brindada en los lugares emblemáticos de uno y otro lado. Por ejemplo, en las áreas naturales protegidas los folletos y carteles muestran la flora o la fauna, pero rara vez los componentes culturales (históricos, antropológicos, arqueológicos y folklóricos). Algo equivalente ocurre cuando visitamos un museo histórico, arqueológico o de arte: todo muy lindo, pero la naturaleza no aparece, como si fuera una metáfora de la mirada de un tuerto. Pero si tenemos la posibilidad de ver con los dos ojos, el campo visual se ampliará para revelar un panorama integrador.

Desde esa mirada aparece el patrimonio. Es decir, el legado integral (natural y cultural) de las generaciones que nos antecedieron. Ellas seleccionaron objetos, sitios, personajes, especies y hechos con los que se identificaron en su tiempo. Nosotros no solo los recibimos: los resignificamos, los ratificamos, los descartamos o los renovamos. Por lo tanto, el patrimonio es una construcción social, basada en la valoración, el sentir y el conocimiento del presente. Por eso, distintas sociedades se identifican con un inventario patrimonial que varía con el tiempo, aunque siempre, con un mismo fin: hilarlos para entramar un relato sobre su identidad.

Claudio Bertonatti
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Claudio Bertonatti es museólogo, naturalista y docente, con un posgrado en Management Ambiental y otro en Jardines Botánicos Históricos. Se dedica a la conservación e interpretación de la naturaleza y del patrimonio cultural desde 1983. Está vinculado a la Escuela Argentina de Naturalistas desde su creación. Fue Director en la Fundación Vida Silvestre Argentina, la Reserva Ecológica Costanera Sur y el Jardín Zoológico de Buenos Aires. Actualmente, es asesor científico de la Fundación Azara e investigador adscrito de la Universidad Maimónides. Desde 2007 es profesor de la Cátedra de UNESCO de Turismo Cultural. También, del Instituto Perito Moreno de Buenos Aires. Publicó –como autor, coautor o colaborador- 50 libros y más de 600 artículos de divulgación y científicos.

 

claudiobertonatti@yahoo.com