Por Biól.  Agustina Di Pauli

Hoy más que nunca está claro que se vive en una distopía. Todos los días miles de hectáreas de bosques se deforestan y se incendian, el agua y el aire están cada vez más contaminados, pueblos enteros se ven obligados a migrar por los estragos que causan las mineras y por el avance de la frontera agrícola, los niños mueren por falta de acceso al agua potable, las especies desaparecen.

La fragmentación y simplificación de los ecosistemas aumentan la propagación de patógenos y crece el riesgo de transmisión de enfermedades zoonóticas, como la del virus COVID-19 que sumó el flagelo de la pandemia. ¿Quizás la primera de muchas que vendrán? ¿Cuántas más harán falta para reaccionar frente a los desafíos globales que manifiesta la naturaleza tan claramente?

No hay más tiempo, temas como la crisis ambiental, el derecho a un ambiente sano y la soberanía alimentaria merecen una discusión estructural. Urge adoptar un abordaje integral de la gestión de la conservación y abandonar modelos obsoletos, probar nuevos enfoques y ser creativos para estar a la altura de los cambios globales.

Desde siempre existió la dualidad entre producir y conservar, hoy el desafío está en generar nuevos paradigmas integrales, donde producir no implique seguir perdiendo ecosistemas, ni conservar implique dejar afuera a la gente.
Entre las ideas que aún imperan, está la de que el desarrollo de las sociedades sólo es posible a través de modelos extractivistas y de corto plazo; y que preservar los ecosistemas es un capricho de una elite conservacionista con privilegios. Entonces, si hay pobres se intenta crecer a cualquier costo para darles algo, en lugar de distribuir lo mucho que ya tienen unos pocos. El tiempo ha corroborado que estos modelos donde se favorece el crecimiento exponencial, solo generan más pobreza y que la crisis ambiental no hace otra cosa que profundizar las desigualdades sociales preexistentes.

La puesta en práctica de alternativas sostenibles y sustentables en los procesos de producción probablemente lleva un poco más de tiempo que los modelos tradicionales, pero proyectan un impacto más beneficioso a largo plazo y no sólo para unos pocos. Esto último es lo que realmente hace la diferencia, generan equidad y en consecuencia, sociedades más prósperas.

Una de las herramientas fundamentales como estrategia para reaccionar frente a los desafíos de conservación de la vida silvestre, reducción de la pobreza, mitigación y adaptación al cambio climático, son las áreas protegidas (AP). Pero sucede que cuando se habla de AP, automáticamente se piensa en verdaderos jardines del Edén donde todo está intacto y es intangible, lugares sin gente donde la presencia humana está prohibida o es perjudicial. Algo bastante alejado del real uso de la tierra en el planeta y la forma de habitarlo.

En principio es necesario volver a conectar con el sentido original de las AP como fuentes de biodiversidad natural, pero también como importantísimos sitios de valor social, cultural y económico; sitios modelo para la investigación y la generación de conocimiento; espacios ideales para realizar educación ambiental; zonas de amortiguamiento y regulación; fuentes de servicios ecosistémicos; lugares de entretenimiento y aprecio; las potencialidades son infinitas. Viéndolo de otra forma, sin AP, la temperatura del planeta sería aún más caliente y se habrían perdido miles de especies.

Luego se precisa repensar la relación entre las AP y la sociedad donde, más allá de los investigadores, técnicos y divulgadores, sean las comunidades locales las que se beneficien de la conservación de la naturaleza. De esta manera, los objetivos de conservación de la biodiversidad se verán favorecidos de manera casi espontánea.

Manejadas adecuadamente, las AP pueden financiarse a sí mismas y aún mejor, ser motores de desarrollo local debido a que generan economías basadas en el turismo. Entonces, las AP constituyen espacios reales de planificación, donde se pueden generar diálogos constructivos con gobiernos, pueblos originarios, habitantes locales, universidades y municipios, con el objetivo de lograr verdaderas políticas de inclusión social, conservación y sostenibilidad a través de procesos participativos legítimos. Para lograr esta ambiciosa meta, se debe exigir el fortalecimiento de todas aquellas estrategias que brinden oportunidades reales de protección del ambiente, acompañadas de actividades que permitan un desarrollo local más integral, sustentable y armónico con el entorno.

Sin caer en la ingenuidad o la utopía, se sabe de la cadena de complicidad y corrupción que permite el saqueo y también se sabe que pretender cambiar esto es particularmente difícil en América Latina y el Caribe, lugares donde abundan los asesinatos a líderes socioambientales. Siendo así, la opción es moverse en bloque, como pueblo. Pero para que eso suceda, la sociedad que hoy acompaña involuntariamente las crisis, debe pasar a ser también parte de la lucha; y esto es posible mejorando la participación de las comunidades locales en el manejo de las AP e implementando proyectos económicos que brinden las propuestas técnicas necesarias que les permitan a los productores llevar adelante actividades sostenibles y a las comunidades originarias crear sus propios bionegocios.

Esto último es otro de los temas esenciales al hablar de conservación: la importancia de los pueblos originarios. Cada vez hay más evidencia de que los conocimientos ancestrales y las técnicas tradicionales sostenibles que aún conservan muchas comunidades, contribuyen a la protección de la diversidad biológica y cultural. Desde su concepción, las comunidades originarias vienen preservando ciertos territorios como “sitios sagrados” donde no se debe cazar para permitir la reproducción de los animales y respetar sus ciclos naturales. De cierta manera, estos sitios representan puntos calientes de biodiversidad o “hotspot”, donde las propias comunidades ocupan el rol de guardianes de sus territorios comunitarios y, de esta forma, podrían pensarse como pequeñas AP intrínsecas a una cosmovisión.

Un estudio de 2019 de Science Advances, realizado en más de 600 AP de 34 países, evidenció cómo las AP proporcionan beneficios económicos y sanitarios a las poblaciones adyacentes, sobre todo impactan en la salud de los niños. Los resultados mostraron que el turismo implicó beneficios directos en la generación de empleo, mejor infraestructura y mayor presencia institucional en la zona; especialmente en las AP que presentaban zonas destinadas a los usos múltiples, ya que permitían el acceso sostenible a los recursos naturales. Sumado a que la salud ambiental en estas áreas, se tradujo en una mejor calidad del agua y del aire, en una mayor provisión de servicios ecosistémicos y funcionaron como importantes zonas de amortiguamiento de inundaciones.

Existen pruebas contundentes que sugieren que invertir en la creación de AP y en el turismo de naturaleza aporta beneficios reales a las comunidades locales. Un ejemplo de esto en Argentina es el del Proyecto Iberá en la provincia de Corrientes, donde una de las transformaciones más impactantes fue la de algunos cazadores que abandonaron esa costumbre y actualmente son guardaparques del AP. Iberá es un ejemplo claro de que no importa cuánto tiempo tome lograr hacerlo bien, vale la pena aprender con la práctica.

La laguna Mar Chiquita, un cuerpo de agua salada situado al noreste de Córdoba y al sureste de Santiago del Estero, alberga la nidada de flamencos australes más grande de Latinoamérica en la temporada reproductiva 2020-2021.

Expertos locales en conservación indican que en los últimos meses se contaron más de 300 mil individuos y se observaron siete nidadas de flamencos australes. Los censos de flamencos en Mar Chiquita comenzaron a realizarse por el guardaparques y miembro del Grupo de Conservación de Flamencos Altoandinos (GCFA) Pablo Michelutti, y continúan hasta la actualidad.

Los vuelos que permiten contabilizar a las aves se realizan en dos momentos del año, durante el verano y el invierno. Tres organizaciones colaboran para concretar los censos: el GCFA, Natura International y la Secretaría de Ambiente de Córdoba.

(Crédito: Lucila Castro / Natura International)

La laguna Mar Chiquita y los bañados del Río Dulce, además de ser el hábitat y lugar de reproducción del flamenco austral, son un punto de migración para el flamenco andino (o parina grande) y el flamenco de James (también llamado parina chica), por lo que en la zona se observan tres especies de flamencos de las seis existentes en el mundo. Por otro lado, en la zona hay un aproximado de 380 especies de aves entre residentes y migratorias, lo que convierte al humedal en uno de los más ricos del mundo en términos de biodiversidad.

Un ejemplar adulto de flamenco austral puede llegar a medir en promedio unos 100 centímetros, y tienen patas largas y pico curvo, adaptados para la búsqueda de alimento en la laguna barrosa. Nacen con un plumaje grisáceo, amarronado o blanco. Al llegar a la madurez, las plumas toman tonalidades rosadas porque los flamencos se alimentan de algas y crustáceos propios del lugar, que contienen pigmentos. Según el lugar que habiten y las especies de las que se alimenten, el tono rosado de las plumas de los flamencos puede variar de intensidad.

(Crédito: Yanina Druetta / Natura International)

Cómo se hacen los censos

La laguna Mar Chiquita y los bañados del Río Dulce se extienden por casi un millón de hectáreas del noreste cordobés y el sudeste santiagueño. Los censos aéreos son la única manera viable, por el momento, para estimar poblaciones de aves en humedales tan extensos.

Durante el vuelo, un censista va a cada lado del avión para realizar el relevamiento fotográfico. Junto con la metodología del aforo, estas imágenes se procesan en un software y son útiles para contar directamente la cantidad de individuos y qué especies habitan el humedal.

El cortejo y la nidificación

Algunos años, con la llegada de septiembre y el aumento de la temperatura, los flamencos se congregan en el humedal para comenzar el cortejo. Allí, los flamencos en edad reproductiva se reúnen en grupo y realizan una danza con la que buscan atraer a sus parejas. Cuando lo consiguen, se aparean.

(Crédito: Yanina Druetta / Natura International)

Si el proceso tiene éxito, la pareja de flamencos construye el nido en las márgenes de la Laguna Mar Chiquita, donde luego se deposita un único huevo. Desde allí, la pareja se dedica a proteger el huevo hasta el nacimiento del pichón.

Es de gran importancia generar instancias de conservación en el sector. Según la lista roja de especies amenazadas de la IUCN, los flamencos australes están casi amenazados y su tendencia poblacional está decreciendo.

Los flamencos son aves muy sensibles. Si se asustan, abandonan los nidos en masa, se van del lugar y dejan los huevos y las crías a la deriva. Es clave no molestarlos para que se puedan reproducir con normalidad.

(Crédito: Matías Michelutti)

Una promesa de conservación

El futuro Parque Nacional Ansenuza está próximo a su creación. Cuando esté establecido, las casi un millón de hectáreas entre la laguna y los bañados estarán protegidas bajo un marco legal, lo que contribuirá a la conservación de estas especies.

Una vez que se cree el parque, a su alrededor se podrán realizar actividades económicas de forma sustentable, sin afectar a la flora y fauna del lugar. Además, con la nueva área protegida, habrá nuevo personal y un presupuesto específico dedicados a preservar el humedal.

Para lograr la creación del Parque Nacional Ansenuza es fundamental la capacitación y educación ambiental de todos los actores involucrados en el proceso de establecimiento. Además es necesario desarrollar acuerdos que den pie a los cambios en el uso del suelo necesarios para crear el área.

Por Enrique Bucher

Los humedales están entre los ecosistemas más amenazados a nivel mundial. Se estima que la mitad de la superficie ocupada originalmente ya se ha perdido, a pesar de los esfuerzos internacionales, en particular de la Convención Ramsar de 1971. Esta reducción impacta obviamente sobre la biodiversidad y los servicios ambientales que prestan los humedales.

El Gran Chaco Sudamericano es una ecorregión todavía rica en humedales, aunque no escapa a la tendencia regresiva mundial. El Chaco no sólo está afectado por una intensa deforestación, sino también por un proceso paralelo e igualmente intenso de pérdida de pastizales naturales, tanto en ambientes terrestres como en humedales. Lamentablemente, esta pérdida no ha recibido una atención proporcional a la otorgada a los bosques, tanto a nivel de la opinión pública como de la legislación vigente.

Los Bañados del río Dulce ocupan el valle de inundación de la porción final del río Dulce que incluye porciones de Santiago del Estero y Córdoba. Con una extensión de alrededor de diez mil kilómetros cuadrados, constituyen un ejemplo destacado y muy valioso de los pocos fragmentos de gran superficie que todavía subsisten en el Chaco.

La región está caracterizada por un paisaje heterogéneo y complejo, en el que se combinan el curso del río Dulce, lagunas temporarias y permanentes, amplios pastizales, y matorrales de arbustos y cardones, constituyendo una típica sabana inundable de origen pluvial. Dentro de esa vasta región se encuentra el área protegida de la reserva provincial y sitio Ramsar “Bañados del río Dulce y Laguna Mar Chiquita” en la provincia de Córdoba. No existe una contraparte con igual grado de protección en la provincia de Santiago del Estero.

(Crédito: Victoria Lassaga / Natura International)

El rol de las inundaciones y el fuego

Los pastizales de humedales salinos están condicionados fundamentalmente por una alta salinidad de los suelos y también por dos factores dinámicos fundamentales: la ocurrencia de inundaciones e incendios anuales. Ambos son esenciales para la supervivencia de los pastizales.

La inundación anual se origina por los desbordes anuales del río Dulce, los que ocurren entre marzo y julio aproximadamente.

Esta lámina de agua se desplaza hacia el sur hasta llegar a la laguna Mar Chiquita, cubriendo un área que varía anualmente dependiendo de las lluvias en la cuenca del río, la cual puede llegar a más de cuatro mil kilómetros cuadrados. La inundación lava las sales de los suelos y aporta nutrientes acarreados por el río, facilitando el crecimiento de la vegetación. Al retirarse las aguas al final del invierno gran parte de la biomasa vegetal producida se seca y es fácilmente inflamable, dando lugar al período anual de incendios, los cuales tienen tanto origen natural (rayos) como producidos por el hombre. El fuego elimina los arbustos que compiten con los pastizales y produce un rápido ciclado de nutrientes y el rebrote de pastos con alto valor nutritivo para el ganado.

Ni la inundación ni el fuego son procesos adversos que deban ser controlados. Por lo contrario, si se los elimina el sistema puede ser alterado en gran medida. La importancia de estos pulsos ambientales anuales se evidencia cuando se visualiza el impacto ambiental que tendría la supresión de los mismos. La salinidad del suelo aumentaría, los pastizales serían reemplazados por arbustos, y el paisaje se transformaría en un salar mucho menos productivo y con menor biodiversidad de aves y otras especies.

(Crédito: Victoria Lassaga / Natura International)

Uso de la tierra

El área de los Bañados estuvo bajo control indígena hasta alrededor de 1860, cuando las poblaciones indígenas fueron desplazadas. Desde entonces la población europea fue siempre baja, y la ganadería fue el principal recurso bajo explotación. El manejo del ganado se basó en la ganadería trashumante, práctica que consiste en mover los rebaños lejos de la costa del río Dulce en época de crecidas para retornarlo durante la estación de bajante. Dicho manejo era posible gracias a la falta casi total de alambrados. Esta práctica es común en otras regiones pastizales del mundo, y es equivalente a la “veranada” que se practica en las regiones montañosas de Argentina cuando se traslada al ganado a tierras altas en verano y se lo retorna a las partes bajas en invierno.

Amenazas

A partir de finales del siglo XX y comienzos del XXI han aparecido nuevas formas de manejo del recurso hídrico y uso de la tierra que amenazan seriamente el futuro de los bañados.

En primer lugar, el aumento del consumo de agua para uso doméstico y agrícola en el alto Río Dulce ha determinado una disminución del aporte que llega a los bañados, tanto en términos del caudal anual total como de la magnitud de las inundaciones anuales. En segundo término, se viene produciendo una rápida escalada en adquisiciones de tierra en la región destinadas a implantar ganadería y aun cultivos en áreas cercadas permanentes, haciendo de esa forma prácticamente imposible la continuación de la ganadería itinerante, y provocando cambios en la vegetación natural debida a la implantación de pasturas y cultivos no nativos.

(Crédito: Victoria Lassaga / Natura International)

Como resultado se observa una modificación significativa de la estructura del paisaje de los bañados aun dentro del área protegida en Córdoba, lo cual está siendo muy negativo para la biodiversidad regional. En adición, estos cambios han provocado serios conflictos sociales con los pobladores originales del área que practicaban la ganadería itinerante.

Qué hacer

A menos que las actuales amenazas sean reconocidas y que tanto la comunidad local como las autoridades regionales logren implementar medidas de manejo adecuadas, la subsistencia de los bañados del río Dulce está claramente amenazada. Para ello se requieren acciones inmediatas y basadas en el entendimiento de la funcionalidad ecológica de los bañados de río Dulce.

Esto incluye en primer término una racionalización del manejo del caudal del río Dulce que asegure la cantidad necesaria para mantener el ecosistema en su condición actual, tanto en lo que hace a la cantidad de agua como al pulso anual de inundación.

Además, se requiere replantear el uso de la tierra que se hace en la actualidad, que no solo afectan a las pasturas nativas y a la biodiversidad local, sino que también tienen limitaciones muy severas para el uso agrícola ganadero tradicional.

Muy importante también sería crear nuevas áreas dentro de los bañados bajo condiciones de reserva estricta (sin ningún tipo de uso), con el fin de asegurar la preservación integral de la biodiversidad de la ecorregión.

Referencia: Bucher, E. H. 2016. El futuro incierto de los humedales del Chaco: el caso de los bañados del Río Dulce. PARAQUARIA NATURAL 4(2): 11 -18.

Por Sofía Dottori Fontanarrosa

La actividad minera es un tipo de producción de consumo extensivo de recursos naturales no renovables. Por su esencia extractiva, implica la modificación de la topografía en donde se desarrolla. Dependiendo del tipo de yacimiento, las explotaciones mineras pueden ser metalíferas, no metalíferas o rocas de aplicación; y de acuerdo con el tamaño del proyecto, la escala se extiende desde pequeña minería hasta megaminería. Esta última implica daños ambientales y paisajísticos irreversibles.

En Argentina, el 90% de la minería se produce a cielo abierto y consiste principalmente en oro, plata y cobre. Los yacimientos metalíferos constituyen el grupo con mayor participación en el valor total de la producción con el 73,1%, seguido por las rocas de aplicación con el 23,2% y finalmente los yacimientos no metalíferos con el 3,7%. Según el Banco Mundial, en los últimos años la minería no alcanzó el 1% del PBI. Es más: actualmente representa el 0,6% y genera menos del 1% del trabajo registrado en el país.

Minería a cielo abierto (Pixabay)

La minería de superficie difiere bastante de la minería tradicional, predominantemente subterránea. Esta transición histórica de un modelo a otro, parte del progresivo agotamiento global de los metales en vetas de alta ley, por lo que, al disminuir la concentración del mineral contenido en las rocas, la explotación mediante socavones deja de ser rentable. Actualmente, más del 60% de la minería mundial es a cielo abierto y aplica técnicas de procesamiento por lixiviación o flotación para extraer los minerales diseminados en la roca portadora.

Toda actividad minera emplea explosivos (usualmente ANFO – mezcla de nitrato de amonio y combustible) que ocasionan voladuras de montañas y permiten retirar considerables volúmenes de roca, dando lugar al escalonamiento y formación del ‘open pit’. Un único emprendimiento puede abarcar hasta 1000 hectáreas, donde se remueven hasta 300.000 toneladas de roca por día, se utilizan 100 toneladas de explosivos y se emiten al ambiente 100.000 litros de combustible y sustancias químicas de alta toxicidad (cianuro, mercurio, ácido sulfúrico, xantato, entre otros) en forma líquida o gaseosa.

Minería a cielo abierto (Pixabay)

El proceso genera enormes cantidades de desechos y efluentes. Más del 95% de la roca extraída se convierte en residuo al no poseer minerales de interés económico. Para extraer un gramo de oro, se producen hasta 4 toneladas de escombros y se utilizan aproximadamente 1000 litros de agua.

Las dimensiones de la megaminería y sus resabios son descomunales. Tan solo el open pit puede llegar a medir más de 1,5 kilómetros de diámetro y hasta 1 kilómetro de profundidad, las escombreras pueden extenderse por cientos de hectáreas, y los diques de cola (presas para el almacenamiento de los sólidos remanentes del tratamiento del mineral) significan inminentes amenazas sanitarias que merecen un riguroso seguimiento. Estas huellas se conocen como ‘pasivos ambientales’ y evidencian el impacto que la minería genera en su entorno.

La flora y la fauna nativa no escapan al desequilibrio ecosistémico. La deforestación de superficies forestales y la degradación de los suelos arrasan con la invaluable capacidad de estos sumideros para absorber emisiones de gases de efecto invernadero y mitigar el cambio climático. De este modo, la cubierta edáfica es desalojada y reemplazada por un suelo reseco, infértil e impermeable. Esta perturbación impulsa la aniquilación de hábitats, la incapacidad de infiltración de agua, la alteración del sistema de drenaje natural y atenta contra el potencial agrícola-ganadero que dicha área puede ofrecer.

Los impactos negativos se abren camino en todas las direcciones. Desde ruidos por voladuras, trituración y molienda, hasta cuerpos de agua superficiales y subterráneos contaminados por derrames no controlados.

Lago ácido contaminado por la minería a cielo abierto (Pixabay)

El uso de explosivos aumenta las concentraciones de nitratos y amonios lo que desencadena la eutrofización del medio acuático. La suspensión de material particulado reduce la textura de su substrato y atenúa la penetración de la radiación solar tan esencial para el desarrollo de la biota. Por otra parte, en aquellas áreas cubiertas por aguas estancadas, sucede la multiplicación de agentes patógenos, un riesgo sanitario para todo su entorno.

En casi todos estos tipos de proyectos las empresas encargadas se benefician con leyes impositivas y exigen a los gobiernos locales subsidios en la provisión de energía y agua necesarias para operar. Sin embargo, sus regalías no ajustician la magnitud de los réditos obtenidos. La promesa de un crecimiento económico es un discurso que se utiliza hábilmente para legitimar la actividad.

La monopolización de la minería no deja margen para la prosperidad de otras industrias regionales, como la pesquera, agropecuaria o turística. En ocasiones, las disputas por el derecho al uso de la tierra desencadenan candentes conflictos sociopolíticos, especialmente en sectores donde el patrimonio cultural es perversamente vulnerado. La destrucción de la corteza terrestre, la sobre explotación de recursos finitos, la generación inconmensurable de residuos industriales peligrosos y patogénicos, cuestionan la ética con la que se defiende estas prácticas.

Minería a cielo abierto (Pixabay)

Las áreas protegidas son la luz para la sostenibilidad del medio físico. No se trata de una actividad lucrativa sino de un bálsamo holístico sobre todos los componentes de la naturaleza. Son espacios altruistas para el bienestar de la biodiversidad, donde los procesos ecológicos y el desarrollo humano conviven en una simbiosis justa y balanceada. Estas áreas geográficamente definidas y amparadas por un marco legal constitucional son el instrumento certero para la conservación a largo plazo de los servicios ecosistémicos.

Por eso, la actividad minera y las áreas protegidas son absolutamente incomparables, puesto que se encuentra una en la antípoda de la otra. Mientras que la extracción minera abusiva y descontrolada es la profanación de los tesoros geológicos del planeta, las áreas protegidas son el portal a la resiliencia, a la sostenibilidad y a la conexión armoniosa con la Tierra. Proteger nuestros recursos naturales es reservar la abundancia que las generaciones venideras también merecen.

“No heredamos la tierra de nuestros padres, la tomamos prestada de nuestros hijos.”
– Proverbio indio –

 

Por Victoria Lassaga, Laura Steffolani, Rosario Espina y Andrea Michelson

El trabajo territorial es uno de los pilares fundamentales de Natura International en su actividad principal: promover la creación de áreas protegidas. Este año, la pandemia trastocó, como en todos los ámbitos, la rutina de trabajo. Nuestra tarea en la ‘vieja normalidad’ consistía en realizar relevamientos técnicos tanto ambientales como sociales, talleres y charlas con las comunidades, actores claves, otras organizaciones de la sociedad civil o entidades académicas y los distintos actores locales que confluyen en esos espacios, principalmente representantes de los gobiernos, tanto municipales como provinciales o nacionales.

 

Uspallata – Mendoza

 

Este año, debido a las medidas de aislamiento a raíz de la pandemia global, nos enfrentamos a un gran desafío: cómo sostener el contacto con los territorios a la distancia. Como la capacidad de visitar los territorios se limitó completamente, tuvimos que buscar otros mecanismos para sostener canales de comunicación fluidos tanto entre los miembros del equipo como con los otros actores. La situación nos obligó a repensarnos y replantearnos institucionalmente, con la convicción de que nuestro trabajo tiene un propósito muy claro que nos trasciende como individuos: la conservación de la biodiversidad a largo plazo.

Algunos de los sitios en los que trabajamos se encuentran aislados, con poca conectividad o acceso a herramientas digitales, ya que son áreas con un gran valor de conservación y a mucha distancia de las grandes urbes, foco de las principales problemáticas ambientales. Comunidades de pueblos originarios o de alta montaña con las que trabajamos, no siempre cuentan con los recursos -económicos o tecnológicos- para garantizar una buena conectividad. Este hecho limitó la comunicación que teníamos con ellas. Algunos procesos que necesitaban alcanzar consensos horizontales fueron pospuestos, pues entendimos que mecanismos de participación por la vía virtual podrían no ser abarcativos y representativos de los intereses reales de esas comunidades locales, y que la falta de participación por problemas de conexión a internet profundizaban desigualdades. En otros procesos, logramos agilizar los mecanismos virtuales de comunicación y pudimos generar reuniones para la toma de decisiones y hasta capacitaciones y talleres. 

 

Hippocamelus antisensis – Taruca.  Fuente: Mathias Jacob

 

La pandemia nos planteó un gran desafío para afrontar tanto desde el punto de vista institucional como desde nuestra individualidad en tanto profesionales. Pero a quienes trabajamos en el mundo de la conservación, los desafíos no nos paralizan. Al contrario: nos estimulan. Hemos logrado sostener los proyectos a pesar del necesario distanciamiento social. Buscamos diversas y nuevas formas de comunicarnos y eso nos permitió lograr grandes resultados: la firma de convenios con instituciones gubernamentales y acuerdos de trabajo con otras fundaciones, el sostenimiento del contacto periódico con las comunidades y los actores claves de cada uno de los proyectos utilizando diversas formas de comunicación, la realización de talleres, charlas y capacitaciones sobre la demanda que las circunstancias requerían, el fortalecimiento de nuestras bases de información desde un punto de vista técnico/científico y la revalorización de la comunicación con otros y otras a través de nuestras redes sociales.

La pandemia generó un gran impacto mundial ya que afectó a toda la sociedad de diferentes maneras. Aumentó las desigualdades al dejar más expuestos a los sectores que sufren una mayor vulnerabilidad, y nos desafió a repensarnos a aquellos que nos encontramos en una situación más privilegiada. El efecto de la mano del hombre sobre el ambiente disminuyó significativamente pero la falta de monitoreo por parte de los organismos a cargo también. Por ejemplo, las tasas de deforestación en Argentina aumentaron significativamente.

Hubo un gran aprendizaje en la pandemia: aunque la distancia fue un nuevo reto a resolver, despertó nuestra creatividad al momento de buscar soluciones. Ahora no podemos dar pasos atrás: es muy probable que las estrategias de reactivación económica vengan de la mano de procesos extractivistas. Eso es motivo suficiente para reforzar nuestro compromiso de seguir promoviendo economías limpias para conservar nuestros limitados recursos naturales a través de nuevas áreas protegidas.

Por Lucila Castro – Directora y Equipo Natura Argentina

Está claro que la pandemia tuvo un efecto devastador en el mundo entero. La cantidad de muertes y la crisis económica y social que deja la llegada del COVID-19 la convierten en uno de los eventos más trágicos que sufrió la humanidad en las últimas décadas a nivel global.

 

Bañados de Río Dulce – Santiago del Estero

 

Sin embargo, este desastre sanitario permite otras lecturas. Los impactos negativos en el ambiente han, en algunos casos, disminuido a lo largo del año y en todo el planeta. Según un informe realizado por la AEMA (Asociación Europea de Medio Ambiente), hay algunos puntos importantes a destacar: la pandemia puso de relieve las interrelaciones entre nuestros sistemas naturales y sociales,  la pérdida de biodiversidad y los sistemas alimentarios intensivos aumentan las probabilidades de que se produzcan enfermedades zoonóticas; los cierres provocados por los confinamientos durante la pandemia pueden tener algunos impactos positivos directos y a corto plazo en nuestro medio ambiente, especialmente en lo que respecta a la calidad del aire, aunque es probable que sean temporales; por otro lado, el COVID no está afectando a todos los grupos socioeconómicos por igual, las personas menos favorecidas tienen más probabilidades de vivir en viviendas de mala calidad y hacinados, lo que pone en peligro el cumplimiento de las recomendaciones de distanciamiento social y aumenta el riesgo de transmisión del virus.

Si hablamos particularmente sobre lo que respecta a la calidad del aire, las emisiones diarias de dióxido de carbono (CO2) se redujeron un 17 % a nivel mundial durante la primera mitad del año 2020. La NASA, por su parte, mostró imágenes satelitales sorprendentes que reflejan un marcado y llamativo descenso de las emisiones de dióxido de nitrógeno (NO2) —cuya principal fuente son los automóviles— en comparación a la época previa al confinamiento.

 

Bañados de Río Dulce – Santiago del Estero

 

La duda que surge ahora es si una vez superada esta situación se mantendrá la lucha contra el cambio climático y el compromiso de la sociedad por lograr un ambiente sano. En definitiva: ¿Esta pandemia nos habrá enseñado algo?

Hemos pasado varios meses de encierro, saturados por la rutina y…¿Qué buscamos ahora? Disfrutar de espacios abiertos, aire libre, entornos limpios, evitar aglomeraciones, desconexión, respirar aire fresco y olvidarnos por un rato de los problemas. ¿Y dónde encontramos todo eso? En la naturaleza.

El cuidado -o mejor aún, el no daño- de la naturaleza es una inversión. Se trata de la mejor decisión para protegernos de este virus y evitar futuras enfermedades de este tipo.

Podemos tomar esta situación como una oportunidad para reflexionar y comprender no sólo la complejidad del ambiente y nuestro vínculo indisociable con él sino también cuán vulnerables somos a las acciones de degradación que nosotros mismos realizamos.

Debemos mantener una relación sana y de respeto con el medio natural. Cuidar el planeta significa cuidarnos a nosotros mismos.

Por Biól. Cristian Schneider

Santa Victoria – Salta – Fuente Alejandro Briones CeDRUS

Si bien desde la sanción de la Ley Nacional 26331 de “Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos” en 2007 -ley que surgió de la masiva presión ciudadana y el trabajo de innumerables actores políticos y de la sociedad civil-, disminuyó considerablemente la tasa de deforestación que se venían produciendo, aún así 2,8 millones de hectáreas de bosque nativo fueron deforestadas desde ese año hasta el 2018. Un tercio de esa deforestación se dio en Categoría I y II Zonas Rojas y Amarillas de protección donde la prohibición del desmonte es absoluta, y otro tercio en bosques nativos ¡sin categorizar! Sí, hay provincias con ecosistemas de bosque nativo que no sólo no fueron incluidos en alguna Categoría, sino que además permiten su desmonte (los “bosques invisibles”, en eso los convierten). El tercio restante del desmonte se produjo en Categoría III Zonas Verdes, que lejos de la oportunidad de materializar modelos sustentables de uso y restauración de ecosistemas de bosque en estado de degradación, fueron la variable de sacrificio y transformación total de ellos, incluso sobre sitios en buen estado de conservación. Recordando que por Constitución Nacional el dominio originario sobre los recursos naturales es de las jurisdicciones provinciales, y que a través de los Ordenamientos Territoriales de Bosque Nativo (OTBN) provinciales, las decisiones de planificación, instrumentación y control corrieron por cuenta de estas, la responsabilidad entonces de esta destrucción ambiental ha sido de estos gobiernos, en contextos de macro políticas económicas y productivas nacionales que la promovieron y profundizaron.

¿Este es el espíritu que entienden los gobiernos de la ley ambiental más importante de nuestro país? ¿de la primera Ley de Presupuestos Mínimos que tanto esfuerzo costó obtener, que tanto invocamos desde la ciudadanía al momento de demandar la defensa de nuestro ambiente? ¿Por qué hoy es tan difícil obtener la voluntad gubernamental para que las leyes sean instrumentos ciertos de política ambiental territorial y no meros enunciados de intenciones? Y si la voluntad de cumplir no está, ¿vamos a priorizar eternas reformas a obtener hechos concretos de implementación? ¿Necesitamos Leyes que solo enuncien algo? ¿No necesitamos que las leyes instituidas, aún en la generalidad de las escalas en su letra, sean compromisos ineludibles y tangibles en la responsabilidad de la defensa de derechos colectivos, ciudadanos y de naturaleza? Es innegable que los intereses económicos y productivos que promueven estos problemas y conflictos ambientales, son muy efectivos en su incidencia y participación en las políticas ejecutivas gubernamentales.

 

Mar Chiquita – Córdoba – Fuente Yanina Druetta

 

Analizando el caso de la Provincia de Córdoba, sumamos que su OTBN se encuentra vencido y pendiente de actualización desde 2015 (situación similar con la gran mayoría de las provincias), en una negativa a convocar un proceso participativo ciudadano transparente -que demanda la Ley 26331 y demás normativa de COFEMA-. Participación ciudadana que incluso es mencionada en la Ley 10208/14 de Política Ambiental, donde se instituyen los Ordenamientos Ambientales Territoriales Provincial y Municipales aún adeudados. ¿Cómo entonces es considerada la participación social de las comunidades afectadas por estas problemáticas en la construcción de políticas públicas, si ni siquiera se cumplen mínimamente la letra de las leyes vigentes?

Con 30 Áreas Protegidas provinciales legisladas sobre 4 millones de hectáreas y sin implementar en sus aspectos mínimos, este año padecimos 340.000 ha quemadas, superficie récord histórico en décadas para la provincia, de incendios en su gran mayoría de origen humano e intencional, convertidos ya -incluso a nivel nacional-, en las nuevas topadoras del siglo XXI. Y todo esto en un contexto de pandemia mundial, provocada por la misma destrucción de ambientes de los modelos productivos y de uso de la biodiversidad que nos rigen. Y producto de ella, los mecanismos sociales de cuidados implementados, hoy atraviesan negativamente la calidad de nuestra participación ciudadana, visto las audiencias públicas y reuniones políticas virtuales que no son diálogos, sino convenientes mecanismos de control de la discusión, para quienes en suerte puedan llegar a acceder a esas pantallas-espacios. ¿Reduciremos hoy la participación a su mínima expresión virtual, en este contexto de pandemia -y en las que vendrán-, solo alcanzables para quien pueda tener acceso digital de calidad o se les permita hacerlo, en un entorno de absoluto control de sus resultados? La ecuación cierra: control de la participación si, transparencia y licencia social no.

 

Sierra de Famatina Rio Florentina – La Rioja

 

¿Hacia dónde miramos? ¿Discursos o política participativa en el territorio? ¿Seguimos siendo inducidos a análisis superficiales de nuestras crisis ambientales, y por lo cual no nos permitimos pensarnos en un modelo de política, producción y vida radicalmente diferente al que nos tienen acostumbrados gobiernos, industrias, capitales económicos y medios de comunicación? ¿Decidimos que así fuera?

La certeza quizás llegará cuando demandemos masivamente y construyamos socialmente el espacio de decisión sobre cómo deseamos y necesitamos habitar y habitarnos en nuestros territorios, y eso es un derecho invisibilizado deliberadamente, que tienen por costumbre relegar fundamentalmente las clases gobernantes, en pos de intereses absolutamente ajenos a la salud colectiva y la justicia ambiental.

Por Ana Julia Gómez 

La Celebración de las Áreas Protegidas, Conservadas y su gente, consolidó a pesar de la adversidad, una ventana de colaboración y valoración de las áreas naturales y culturales para el bienestar, en nuestra región.

La Declaración del Día las Áreas Protegidas para toda Latinoamérica y el Caribe se pronunció en el cierre del III Congreso de Áreas Protegidas LAC (III CAPLAC), el día 17 de octubre del 2019, ante 3123 participantes de 58 países. Inmediatamente recibió el apoyo de sus organizadores y actuales integrantes del Comité de Seguimiento del III CAPLAC: liderado por la Comisión Mundial de Áreas Protegidas de la UICN, y con apoyo de las oficinas regionales de la UICN de América del Sur y de Mesoamérica, Centroamérica y el Caribe, el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado – SERNANP Perú, RedPARQUES, FAO, Parques Naturales Nacionales de Colombia, Comisión de Educación y Comunicación de UICN, entre otros.

Logo Celebración de las Áreas Protegidas de Latinoamérica y el Caribe

Se consolida entonces, como la herramienta de apoyo clave a la Declaración de Lima y otros acuerdos del III CAPLAC. En 2020, contamos con 387 Celebraciones inscritas por personas, organizaciones y gobiernos, en 18 países de nuestra región.

La Celebración de las Áreas Protegidas LAC, se reconoce como una ventana colaborativa para la valoración y articulación de las áreas protegidas, conservadas y su gente a escala local y regional (Latinoamérica y el Caribe). La Celebración tiene una impronta de trabajo intergeneracional e inclusivo que permitió una integración simultánea a pesar de una pandemia. En su primera versión, tuvo un impacto concreto y sentido en todos los niveles de gestión de las áreas protegidas y en las realidades de mujeres, jóvenes, guardaparques, pueblos indígenas, comunidades y otros actores involucrados. El alcance general en redes sociales, superó a las 30.000 personas. Su aporte innovador se destacó en las opciones de gestión de la información y la integración de áreas valiosas poco conocidas, a través de mensajes y propuestas basadas en la esperanza.

Algunos productos co-gestionados son la Guía de la Celebración, el Mapa de Áreas Celebradas con información y coordenadas para interactuar, la Agenda de la Semana de la Celebración con eventos de personas, organizaciones y gobiernos de amplio alcance, el evento de Lanzamiento de la Declaración de Lima -un año después del III CAPLAC- y la transmisión especial de más de 5 horas de música, danza, propuestas de conservación, yoga y buenos deseos. Estas Celebraciones fueron impulsadas principalmente, por 42 jóvenes embajadores de 14 países, generando una sinergia multinivel que permitió integrar eventos de alcance político regional, rituales, encuentros familiares y declaraciones oficiales.

 

Drome Palapa – Comisión Turismo RARNAP . Fuente: www.celebracionareasprotegidas.org

La Celebración de las Áreas Protegidas LAC es liderada por miembros de la Comisión Mundial de Áreas Protegidas (CMAP) de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN. Su mentor Juan Carlos Pacheco (Fundación Áreas Protegidas -FAP- Chile) y Ana Julia Gómez (Fundación Hábitat y Desarrollo – Argentina). También por María Augusta Almeida Ferri, Mariana Del Brutto (FAP), Lizbet Granados, Jaddira Flores Red de Jóvenes Líderes de la Conservación LAC (RELLAC-joven), con otros colaboradores activos y determinantes que se detallan en nuestra web www.celebracionareasprotegidas.org

Hasta el momento contamos con el importante apoyo explícito de UICN (oficinas regionales de Mesoamérica y Caribe, América del Sur), ONU Ambiente Latinoamérica, RedPARQUES, Natura Internacional en Argentina, RELLAC-Joven, Proyecto IAPA- Visión Amazónica, Sterea y de 12 Sistemas de Áreas Protegidas, que son:

  • Perú. Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Resolución Suprema N° 030-2019 del Ministerio de Ambiente).
  • Argentina. Administración de Parques Nacionales. Declaración de Interés Institucional. ​
  • Colombia. Parques Nacionales Naturales de Colombia​
  • Sistema Nacional de Áreas Protegidas​
  • México. Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas​
  • Chile. Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas del Estado/Corporación Nacional Forestal​
  • Bolivia. Servicio Nacional de Áreas Protegidas
  • Costa Rica. Sistema Nacional de Áreas de Conservación​
  • Uruguay. Ministerio del Ambiente/Sistema Nacional de Áreas Protegidas​
  • Venezuela. Instituto Nacional de Parques/Ministerio del Poder Popular para el Ecosocialismo.
  • Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible (Resolución n° 281 del Gobierno Nacional)​
  • Ecuador. Sistema Nacional de Áreas Protegidas

 

Secretaria CN-RBMA CN-RBMA. Fuente: www.celebracionareasprotegidas.org

 

Esta sorprendente respuesta de integración por las áreas naturales y valores culturales para el bienestar, nos inspira y convoca a Celebrar a las Áreas Protegidas, Conservadas y su gente, con más fuerza en 2021. Nos desafía a sumar actores, garantizar espacios para nuevas generaciones, con propuestas colaborativas y transformadoras.

¡Sigamos Celebrando!

Por Sofía Dottori Fontanarrosa – Geóloga

El río Paraguay es el nuevo desoído, el siguiente muerto que nos sigue dando vida para continuar siendo hijos del rigor.

Hay señales tan claras que a veces se vuelven áridas, rígidas, tirantes. A los ríos recién se los escucha cuando ya no les queda saliva. Entonces nos toca hablar a nosotros, infelices que no creemos habiendo visto. El río Paraguay es el nuevo desoído, el siguiente muerto que nos sigue dando vida para continuar siendo hijos del rigor. Así es el ciclo ingrato del hombre contra el agua.

Cuando lo bautizaron, sus raíces guaraníes se desbordaron de inspiración. Elocuente lengua madre rebalsó de significados el embalse que nunca tendría. “Paragua” por la tribu indígena payagua, y “ay” significa agua o río. Pero también es “corona de palma y agua”, “agua como el mar” -por la Bahía de Asunción; o “aguas adornadas”; “río que origina el mar”; “cola del mar”; o muy paradójicamente “río de las muchas aguas”. Era justo precisar que su esencia es el agua, la misma que hoy denuncia la mayor ausencia desde los últimos 50 años.

Paraguay es víctima de una sequía extrema disparada por el fenómeno de La Niña, evento cada vez más frecuente debido al calentamiento global. La falta de precipitaciones en la región de Mato Grosso, donde nace su arteria fluvial insigne, es desesperante. Desde allí, el río peregrina pausado hacia el sur, con una leal caridad cosmopolita, dejando Brasil para besar a Bolivia, retozar luego en su homónimo y finalmente hermanarse con Argentina. Su caudalosa risa tiene las comisuras secas. Con una caída de su nivel de hasta cuatro centímetros diarios, el rio ya no ríe, y tampoco llora. Las imágenes satelitales tomadas por la red europea Copérnicus son irrefutables. El “río de las muchas aguas” se deshidrata lentamente, con el silencio de una agonía que apenas se inicia.

 

Zona de San Antonio al sur de Asunción, en octubre de 2018. Fuente: Copernicus Sentinel 2018 – EO Browser – Sentinel Hub.

 

Zona de San Antonio al sur de Asunción, en octubre de 2020. Fuente: Copernicus Sentinel 2018 – EO Browser – Sentinel Hub.

 

Lo único que se está ahogando es la economía del país. El 85% del comercio exterior sucede a través de él. La navegación acusa una realidad crítica. En pocos días ningún barco podrá acceder a Asunción, donde según la Agencia Nacional de Hidrología de Paraguay, el nivel se encuentra a 47 centímetros por debajo del cero hidrométrico, el cual se sitúa a tres metros bajo el nivel medio del cauce. Los buques de carga no tendrán puerto ni de llegada ni de salida, puesto que la profundidad mínima de navegación requiere de al menos 3,60 metros en la columna de agua. El Centro de Armadores Fluviales y Marítimos informó que las pérdidas materiales ya han alcanzado los US$250 millones. Un sufrimiento que ha sido completamente opcional. Pero el dolor era más que evitable.

Mientras las implicancias zarpan una tempestad de sobrecostos en el transporte de alimentos, combustibles, fertilizantes y demás bienes importados, un cataclismo ambiental de dimensiones regionales naufraga con previo aviso. La desertificación que hoy afecta al río Paraguay es la misma que atenta contra el corredor de agua dulce más extenso del planeta: el Sistema de Humedales Paraguay-Paraná. Escarapela del pecho de la Cuenca del Plata, la segunda mayor de Sudamérica, y con 3400 kilómetros de ríos libres de represas, este macrosistema abraza una superficie sin fronteras. Desde el Pantanal brasileño hasta el Delta del Paraná se reflejan los síntomas cristalinos de la emergencia climática del siglo.

Según la FAO, la masa forestal de Paraguay ha disminuido drásticamente desde 1950. La ONG Sobrevivencia señala que la destrucción de la Selva Amazónica, ecosistema clave para la humedad de la Cuenca del Plata, se ha acelerado de manera considerable en las últimas décadas. La deforestación descontrolada es la forma más cruenta y negligente de arrancarle la piel al suelo. Sin ella, no hay sumidero de carbono que compense las lastimosas laceraciones de los gases de efecto invernadero. Y sin ella, no hay instrumento que retenga y recicle las exiguas lluvias.

Wetlands International, organización sin ánimos de lucro para la conservación de los humedales, anunció que el último registro pluvial de la Cuenca del Plata ha sido el más bajo de todo su historial y las proyecciones futuras apuntan a extensos lapsos de sequías en los meses que otrora eran de lluvias. Es una enfermedad crónica, de eventos extremos. Los períodos húmedos serán concentrados e intensos, lo cual se traduce en una amplitud marcada en los niveles de caudales. Una estacionalidad dinámica y violenta. Una bipolaridad hídrica impulsado por el hombre.

 

Río Paraguay. Fuente Pixabay.

 

Por eso el río Paraguay padece. Porque sus brazos meandros no pueden defenderse. Porque su voz no arrulla ni agita turbulencias como las protestas del humano. Porque se está desalmando sin el elemento colectivo de toda existencia.

De acuerdo con los escenarios de cambio climático pronosticados para el 2011-2040, las temperaturas en la Cuenca del Paraguay superarán los 2°C establecido por el Acuerdo de Paris. Las precipitaciones se reducirán en un 15%. El futuro es más hostil que el presente. La consecuente disminución de los flujos fluviales será de un 13% en el Pantanal, quien hoy afronta con pavura la tasa más alta de incendios desde 1998, con 10.000 focos de calor que han afectado a 1,55 millones de hectáreas. La esperanza de un funcionamiento hidrológico correcto es somera. La biodiversidad y los recursos acuáticos están siendo diezmados.

La culpabilidad del acosado es ineludible. Hemos irrumpido la armonía de un ecosistema fructífero, arrasando con bosques nativos que se esclavizaron para dar otros frutos, los de la agricultura y ganadería. Contribuyendo en un 17% al PIB de la nación, la agricultura es la base de la economía paraguaya y emplea al 24% de la población total activa. Las exportaciones prosperan a una tasa anual del 23%. Un negocio que madura con ambiciones y necesidades fértilmente enceguecedoras. El cambio desmedido del uso del suelo es el claro despojo del equilibrio y el impulso macabro del desajuste climático regional.

Por eso el río Paraguay perece. Un filántropo líquido que se entrega y abastece más allá de los límites de su cauce. Es de todos y es de nadie. Porque así es el agua, tesoro indiviso de la naturaleza. Una bendición que se comparte. Y una traición que muchos niegan.

Esta es la crónica de una sequía anunciada. Ahora que se la conté, siéntese a mi lado y lloremos como Penélope esperando en el muelle de Asunción.

Por Agustina Di Pauli, Sofía Antonena y Yanina Druetta 

Los humedales son esenciales para el bienestar ambiental, social y económico. Sus suelos tienen una gran capacidad de absorción de agua dulce, funcionando como “esponjas” para la retención del exceso de lluvias y a su vez, liberando agua en épocas de sequía, lo que los convierte en excelentes amortiguadores de eventos extremos, como inundaciones e incendios.

Garantizan la provisión de servicios ecosistémicos a la sociedad, como el suministro de agua; el filtrado y retención de nutrientes y contaminantes; la provisión de alimentos, madera, medicinas, ornamentales, fibras y combustibles; el almacenamiento de carbono y la estabilización climática; la regulación de plagas y enfermedades; son fuente y sustento de biodiversidad; entre muchos otros beneficios. Adicionalmente, estos ecosistemas albergan valores culturales irremplazables y tienen un gran potencial para la educación ambiental y el turismo racional y sostenible.

Laguna Santa Victoria del Este, Salta – Fuente: Alejandro José Briones

El 2020 ha sido el peor año para los humedales en Argentina. Según datos oficiales, un millón de hectáreas fueron arrasadas por los incendios en 21 provincias, y miles de ellas corresponden a superficies con humedales. Una cifra que enciende todas las alarmas, más todavía cuando mensuramos cuánto los necesitamos. En consecuencia, resurge con más fuerza que nunca el pedido de sanción de una Ley de Presupuestos Mínimos para su protección, iniciativa ciudadana con ocho años de recorrido en el Congreso Nacional y 15 Proyectos de Ley presentados.

A raíz de ello, este año se conformó la Red Nacional de Humedales, a fin de visibilizar la necesidad imperante de sanción de esta Ley. 315 organizaciones de la sociedad civil dieron su apoyo explícito al Proyecto de Ley, sumadas a 190 profesionales de distintos institutos y universidades de todo el país y más de 500 mil personas que son las que, hasta el momento de publicar este artículo,  firmaron las peticiones online que reclaman una “Ley de Humedales Ya”.

En paralelo, ambientalistas de todo el país convocaron a la “Semana por los Humedales”, desde el 14 al 21 de noviembre, en vísperas de la firma del dictamen de la Comisión de Recursos Naturales y Conservación del Ambiente Humano de la Cámara de Diputados de la Nación. El 20 de noviembre, se aprobó en esta Comisión un texto unificado de Ley de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental para el Uso Racional y Sostenible de los Humedales, con consenso social y científico. Este paso constituye un gran avance en materia de conservación de los recursos naturales. Sin embargo, el Proyecto deberá seguir el curso legislativo en las Comisiones restantes: Agricultura y Ganadería; Intereses Marítimos, Fluviales, Pesqueros y Portuarios; y Presupuesto y Hacienda.

Pecarí tajacú – Fuente: Gerardo Cerón

Posteriormente, el 30 de noviembre, el Gobierno Nacional decidió la extensión de las sesiones ordinarias del Congreso hasta el 11 de diciembre y convocó a sesiones extraordinarias para tratar un listado de 25 proyectos de ley, entre los cuales no se encuentra la Ley de Humedales. Todo parece indicar que, una vez más, los humedales deberán esperar.

La ausencia de una Ley permite el avance descontrolado y sin planificación de diferentes sectores productivos vinculados principalmente a la agroindustria, minería y mercado inmobiliario. Como consecuencia se generan, a diferentes escalas, degradación y pérdida de los ecosistemas involucrados.

El 2 de febrero de 2021 se celebrará el próximo Día Mundial de los Humedales, en conmemoración de la firma del Convenio sobre los Humedales en Ramsar (Irán) en 1971. Será una gran oportunidad para que Argentina reafirme su compromiso con los diferentes tratados internacionales a los que adhirió, vinculados directa o indirectamente con la protección de humedales: Convención RAMSAR, Convenio sobre la Diversidad Biológica y Acuerdo de París. Pero, sobre todo, será una oportunidad para tomar decisiones acordes a los nuevos desafíos globales, donde prime la salud de las personas en estrecho vínculo con ecosistemas saludables, manejados con el profesionalismo necesario para estar a la altura de la crisis socio-ambiental actual y futura.

El próximo año, el Congreso de la Nación tiene la chance histórica de reconocer el extraordinario trabajo y apoyo colectivo recibido por el texto unificado, además de garantizar apertura en la participación de las organizaciones socio-ambientales, que cuentan con la virtud de construir agendas de política ambiental apartidarias, para llevar a cabo leyes centrales para la transición ecológica.

Flamencos (Phoenicopterus chilensis). Mar Chiquita, Córdoba.

Las comunidades que habitan los humedales han encontrado respuestas profundas y con fundamento científico sobre la relación sociedad-humedales, de la que no hay vuelta atrás. La necesidad de una Ley ya fue decidida, votada y aprobada por la inmensa mayoría de ellas. Humedales es por lo tanto mucho más que una Ley.

En un 2020 marcado por la pandemia y una sequía histórica que provocó devastadores incendios en todo el mundo; la idea de gestionar los riesgos asociados al agua empezó a cobrar mayor importancia y comenzó a cotizar en el mercado de futuros de materias primas de Wall Street. El elemento vital para la vida ya tiene precio, evidenciando la necesidad de sancionar leyes para su protección. Los escenarios futuros son desalentadores, casi dos tercios del mundo podría enfrentar escasez de agua en solo cuatro años. La protección de los ecosistemas de agua dulce es urgente. Por las presentes y futuras generaciones, necesitamos una LEY DE HUMEDALES YA!